sábado, 17 de enero de 2015

La distinguida y fina señora madre de Bergoglio


"(...) pero si el doctor Gasbarri, que es un gran amigo, 
dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo."

El papapancho

No por ridícula la imagen es menos inquietante: ¿El Santo Padre profiriendo una amenaza de violencia física? Y... ¿qué reacción esperaría de su "gran amigo"? ¿Que él sí, cristianamente, ofreciera la otra mejilla? Me imagino que, después de su comentario, el Papa bien pudo haberse retirado del sitio manejando su papamóvil, devenido en transporte colectivo, por las calles de Peralvillo. Y... ¡ay de aquél que le reclamara mediante cinco bocinazos alguna descortesía, que bien pronto degustaría el sabor de los Santos Nudillos Papales!

Francamente, esperaba otra cosa del CEO de una empresa tan grande, tan influyente, y con tanta presencia internacional. Uno supone que quien se erige en autoridad moral es, en ese sentido, ligeramente mejor que un chofer de ruletero. Aunque, ciertamente, la Iglesia Católica es un negocio que no conozco a fondo: hace 3 décadas y media que dejé de ser su cliente. 

La amenaza del Sumo Pontífice  le resta fuerza moral a la "condena" que enunciaba contra los actos terroristas. Hay que reconocer, sin embargo, que Jorge Mario Bergoglio tiene un minúsculo atenuante: la conozca poca o mucha gente, la autora de sus días es, o fue, una persona real. Y seamos honestos: eso es algo que los indignados fedayines no han logrado demostrar acerca de Alá. 

Aún me imagino un segundo atenuante, también bastante débil: tal vez, en este caso, el Director General de la empresa no está manifestando su opinión, sino tan sólo funciona como vocero del Consejo de Accionistas o la Junta Directiva. Y si ése es el caso... ¡qué papelito tan triste! Aunque, bueno, en ocasiones el sueldo y las prestaciones justifican alguna genuflexión.

¿Se mostraría el Papa tan enfático en su furia punitiva si la ofendida no fuera su madre biológica, sino su madre espiritual?

Courbet,  El origen del mundo (1866)
No estoy seguro dónde lo leí por primera vez, pero casi podría jurar (¡Auch! ¡Mil disculpas! ¡No quería usar un término con connotaciones religiosas!) que fue en algún libro de Carlos Fuentes: la suposición de que el poder de la imagen guadalupana en el imaginario colectivo deriva de similitud con la fuente primaria de la vida humana... precisamente, con lo que el pintor Gustave Courbet (1819-1877) llamó el origen del mundo. Y espero que, al atribuir a Fuentes la comparación, no esté yo haciendo una invitación a la Guardia Suiza para destruir su sepulcro en Francia.

Pero, a decir verdad, ahora sí me sentiría más a gusto si la Agencia Internacional de Energía Atómica hiciera una inspección en el Vaticano... 



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