martes, 26 de octubre de 2010

Atlanta 1: la librería Borders

Media noche, desde mi habitación
En mayo de este año viajé, por primera vez en mi vida, a los Estados Unidos, invitado a un evento académico en Atlanta. Pero esto no es la reseña de un congreso, sino, espero, la descripción de cómo se produjeron cambios en algunos puntos de vista que yo había sostenido durante décadas.

La noche de mi llegada, hambriento, cansado, pero lleno de curiosidad, salí a dar una vuelta, pensando que me encontrata en la Unión Americana, y que la seguridad sería a toda prueba. Mi alojamiento se encontraba sobre el boulevard Andrew Young, y lo recorrí hacia el este. Es una avenida amplia, de un solo sentido de circulación. Desde donde yo me encontraba, el camino era cuesta arriba. Apenas había avanzado un par de cuadras (eran más de las 11 de la noche locales) cuando comencé a ser abordado una y otra vez por varones adultos, de color, magníficamente abrigados. Cada uno, sucesivamente, se mostraba muy contento de charlar con un turista mexicano, y muy apenado de solicitarle dinero a ese turista para mantener a la hija universitaria, para pagar la quimioterapia del abuelo con linfoma, o simplemente para poder ingerir a gusto un poco de licor.

Tras cuatro o cinco de estos encuentros (enmarcados por la avenida amplísima, inmaculada, y con  elegantes restaurantes y bares en ambas aceras), comencé a sospechar que quizá la seguridad no fuera tan perfecta como yo la había imaginado. Tener que regresar con apenas dos cuadras recorridas me pareció un poco frustrante, pero también lo más prudente.

Justo enfrente de mi alojamiento encontré un pequeño local de comida griega, el Gyro King, donde pude cenar abundantemente y con magnífico sazón  por un precio razonable. Su propietario terminó de convencerme de que, a esa hora, sin conocer la ciudad, sin compañía, y sin automóvil, lo más prudente era regresar a descansar. La siguiente mañana la dediqué al evento académico en cuestión.


Amanecer, desde mi habitación
Decidí utilizar el segundo día para conocer la ciudad. En particular, estaba muy interesado en visitar la librería Barnes and Noble... años atrás me habían obsequiado un libro, que yo consideraba inconseguible. La persona que me regaló lo había adquirido, precisamente, en Barnes and Noble... de Nueva York. Yo tenía la idea de que debía de ser un lugar fantástico, lleno de invaluables joyas bibliográficas. Así que, luego de consultar la dirección en la Sección Amarilla que encontré en el clóset de mi cuarto de hotel, acudí al módulo de información turística, a unas dos o tres cuadras... Una amable dama mayor, vestida como cazadora europea en África, intentó convencerme de que mi plan de hacer a pie el trayecto (siguiendo la misma calle en la que nos encontrábamos, Peach Tree Street, sin desviarme), era absolutamente impracticable.

 
Peach Tree Street
Días y horas hábiles
La única ciudad fuera de mi país (México) que yo conozco medianamente bien es Buenos Aires. Y, en mi experiencia, es casi imposible avanzar más allá de unas cuantas cuadras, incluso fuera de la zona porteña, sin encontrar alguna librería, aunque sea modesta. Así que desestimé los amables consejos de la pálida guía de turistas, y me negué a tomar un autobús. "Gringuitas", pensé. "Ya no saben caminar". Tal vez eran las 10 de la mañana, el sol caía a plomo, pero el viento helado hacía que las perneras de mi pantalón ondearan como banderas esquizofrénicas. El frío se colaba entre los hilos de mi ropa interior térmica. Después de casi una hora de largas manzanas, edificios enormes, y calles con apenas uno que otro automóvil, di con mi primer Starbucks en suelo estadounidense.

"First Church of Christ, Scientist"

Era encantadoramente calientito, y silencioso. Estaba casi lleno, pero los clientes charlaban poco. La mayoría de ellos estaba solo, y leía. Además del café, escogí la galleta que parecía más calórica, y continué mi camino, en el que encontré templos de prácticamente todas las confesiones cristianas que conozco, y varias que resultaron una absoluta novedad, y por fin, al cabo de prácticamente 3 horas de caminata, una sinagoga. Fue una fortuna que yo testarudamente insistiera en hacer varias fotos de su fachada con la poca batería que le quedaba a mi cámara digital, porque justamente allí la calle torcía. Y un poco más adelante, cuando ya estaba yo totalmente desmoralizado, hambriento y agotado, di con Borders.

Jamás había hablar de ellos. El local, con enormes ventanales, tenía sillones, papelería, y juguetes. No me pareció que hubiera demasiados clientes (en comparación, Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo es una verdadera manifestación). Los empleados, amablemente, me dirigieron una y otra vez a las distintas secciones por las que pregunté. Estuve al menos 3 horas en la librería, "cachondeando" guías de estilo, manuales de debates, libros de Sam Harris, Richard Dawkins, Daniel Dennett, Mortimer Adler, José María Parramón...

Si ya no hubiera tiempo de llegar a Barnes and Noble, no me importaría.

No recuerdo haber sufrido tanto para escoger lo que me llevaría: escogí The selfish gene y The god delusion; escogí The end of faith, escogí The Oxford book of modern science writing. También traje algunos juguetes, y algún libro para mi esposa.

Dejé, con dolor, The portable atheist; dejé How to think about the great ideas.

Probablemente pasaban de las 4 de la tarde cuando me decidí a tomar el autobús hacia Barnes and Noble; de allí me traje, ya muy cansado, y con menos sensación de maravilla, The blank slate y Consciousness explained, además de reproducciones de grabados de M. C. Escher. 

Borders fue toda una revelación: la amabilidad de empleados y otros clientes, la comodidad del lugar, el surtido absolutamente grandioso, hicieron que me regresara al hotel (en autobús) muy contento.

El viaje de regreso en autobús fue una segunda revelación. Casi todas los pasajeros eran mujeres, y casi todos unos 10 años mayores que yo (tengo 45). Todos, incluyendo a la conductora del autobús, de color. Dos de ellas amablemente se interesaron en mi destino, y me reconvinieron por estar en la calle tan tarde (pasadas las 18 horas) y con tantos paquetes. De hecho, la operadora del autobús se ofreció a acercarme a mi hotel (que estaba después de la terminal, por lo que yo debería adquirir un segundo boleto) sin costo adicional.

 
¿Y dónde está la gente?
Había invertido mucho más tiempo (y dinero) de lo que estaba en mis planes, pero me llevaba por fin una impresión de cosmopolitismo en lo que hasta entonces me había parecido simplemente una ciudad grandota. A partir de mi visita a Borders, todo en Atlanta fue más interesante, los monumentos cobraron sentido, y mis conversaciones con los habitantes fueron mucho más enriquecedoras y cordiales. Mi actitud había cambiado. Y todo por llevarme entre las manos tres o cuatro buenos libros, algunos de ellos muy difíciles de conseguir en español. Los estadounidenses de la calle, no necesariamente cultos, estaban resultando mucho más agradables de lo que yo me hubiera imaginado jamás.

Volví a cenar en el Gyro King. Y de ahí, al hotel, a la misma rutina cabletelevisiva de cualquier destino turístico importante: el canal E!, o la enésima repetición de 12 monos, Pandillas de Nueva York, Belleza americana... Buenas películas, sí, pero vistas y revistas hasta el cansancio, trasmitidas dos o tres veces al día, y tal vez incluso en varios días sucesivos.

La noche previa a mi regreso, la televisión iba a darme una sorpresa inolvidable.

Y la siguiente gran sorpresa sería, evidentemente, la lectura de los libros que había adquirido (no crean que ya logré terminar con todos...).

 Me dormí agotado, y muy contento.